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Gonzalo Romero

I

 

Caminaba desnudo sobre la inmensa planicie. Tres metros de alto y se veía diminuto, al andar parecía no moverse. El azul de su piel y la sangre anaranjada que le manchaba las manos contrastaba con la tierra y las piedras blancas que lo rodeaban. En el horizonte, en todas direcciones, alcanzaban a vislumbrarse montañas negras subrayadas por neblina del amanecer. Se aproximaba al centro. Cruzó la primera marca en el suelo, la línea de uno de los cientos de círculos que daban forma a un dibujo simétrico que abarcaba un kilometro en la tierra. Una gota de sangre escurrió de sus manos y tocó la tierra. Las líneas en el suelo comenzaron a llenarse de un liquido negro, viscoso. La planicie entera olía ahora a copal quemado. Cuando él lo pisaba, el liquido se le adhería a la piel.

     Caminó hasta el centro del dibujo en la tierra. En el centro había un pedestal de piedra que brotaba del suelo. Sobre el pedestal, un cráneo cristalizado como obsidiana con fluidas manchas de amatista. El cráneo era como el suyo pero con uno de los cuernos rotos. Él lo tomó. El liquido negro comenzó a vibrar fuertemente. Tomó el cráneo con las dos manos y cayó de rodillas. Lágrimas corrían por su mejillas. Exhaló un grito de dolor que parecía querer llenar el vacío de sentido en el cosmos. Lentamente y entre suspiros se levantó. Se limpió las lágrimas y los mocos con el reverso de su mano, dejando su cara llena de sangre y de liquido negro. Observó detenidamente el cráneo. Le quitó sin mucho esfuerzo la mandíbula inferior y la tiró al suelo. Utilizando los colmillos de la mandíbula superior comenzó a rasgar su antebrazo. El pedestal empezó a chorrear el líquido negro. Cuando por fin logró hacer una incisión en su piel, los colmillos se rompieron. Cayeron al líquido que ahora cubría sus pies, perdiéndose. Apretó con ira el cráneo hasta que se rompió en pedazos. En su mano quedó un trozo afilado que utilizó para hacer un corte desde su muñeca hasta la flexura. La sangre escurría de su brazo formando un goteo constante. El líquido negro vibraba con frenesí bajo sus pies; se lanzaba a la sangre, devorándola, asimilándola. Al darse cuenta que era insuficiente el flujo de sangre, hundió su mano en la herida hasta encontrar una arteria. Mordió la arteria con los dientes hasta que la rompió. La sangre comenzó a chorrear. Al chorro se adhirió el líquido negro. Dejó de caer y comenzó a subir. Él observaba este proceso. Su cuerpo tenso. Su mano sangrando por la manera en que apretaba su improvisada daga. En todo el gigantesco dibujo, con excepción a dos metros de circunferencia a su alrededor, ondulando con violencia, el líquido se elevaba varios metros de altura. El líquido subía lentamente por el chorro que escurría de su brazo, como si la sangre se resistiera a la transformación. Levantó el rostro quitando la mirada del punto justo en donde la sangre terminaba y el líquido comenzaba. A su alrededor sólo podía ver una pared de líquido que desde su punto de vista parecía tan sólo un fluido sereno que por accidente sustituía el aire. Soltó los restos de cráneo que quedaban en su mano y relajó los hombros. Alzó la mirada y vio un círculo en las alturas. El único acceso de luz que le quedaba. Por un momento lo deslumbró. No movió la mirada ni cerró los ojos. El círculo pasó por fases de blanco a azul. Sus ojos dejaron de mostrar miedo pero seguían escurriendo lágrimas. La sangre cedió, toda a la vez. El líquido entró a su cuerpo, el círculo se cerró y vio por última vez la luz.

Una columna negra se levantó kilómetros en el aire, como un aullido. Al llegar a su máxima altura se convirtió en una fuente. El estruendo paró cuando la fuente comenzó a cristalizarse, dejando un ovoide gigantesco y negro flotando en el centro de la planicie.

Por dentro el ovoide estaba repleto de líquido empujado por cientos de corrientes distintas. Él se encontraba atrapado en un vórtice. Agitado, intentaba asirse de algo pero todo era líquido. Trató de calmarse regulando su respiración pero se dio cuenta que sus pulmones no respondían. Se acercaba al centro del vórtice. Parecía que giraba cada vez más deprisa. En su intento desesperado de sostenerse de algo comenzó a dar vueltas sobre su propio eje. Quería gritar pero sólo hacía el gesto sin emitir ningún sonido. Tensó su cuerpo hasta el punto en donde sentía que iba a romper sus propios ligamentos y en ese preciso punto perdió la necesidad de ejercer voluntad sobre su cuerpo. Sus extremidades se relajaron por completo. Cerró los ojos y bajó la cabeza, su rodillas tocaron su pecho y sus brazos envolvieron sus piernas. Giró rápidamente hasta el centro y la corriente se esfumó.

     Levantó la cabeza y abrió los ojos. Algo emanaba luz a lo lejos. Extendió su cuerpo y observó la luz. Lentamente nadó hacía ella. Mientras se movía vio aparecer sombras a lo lejos. Parecían ser seres iguales a él nadando hacia la luz. Sintió algo pasarle cerca. Era uno de estos seres. Cientos de seres se acercaban, muchos lo pasaron en su carrera hacía la luz. Todos los seres parecían querer llegar a la luz como si solo el primero en llegar pudiera tocarla. Él se contagió de prisa y nadó lo más rápido que pudo. Con desesperación rebasaba a uno y otro ser, jalándolos de las piernas y empujándolos. En su frenesí llegó hasta delante de todos los demás. En ese momento pudo ver claramente la fuente de luz y se detuvo. Todos se detuvieron tras de él. La luz emanaba de un pequeño círculo no más grande que su estomago. Todos permanecieron observándolo. Sin ningún esfuerzo todos se fusionaron en el punto donde él flotaba. Ahora sólo estaba él, con la mirada fija al círculo y el cuerpo relajado. Muy despacio extendió su mano hacia él. Esta fue la última vez que tuvo que dejarse ir. Uno de sus dedos lo tocó.

     El ovoide se fracturó. Grandes trozos del tamaño de tzequoias comenzaron a desprenderse y caer. Cuando estos trozos golpeaban en suelo se levantaban grandes nubes de polvo y la planicie se inundaba con el rugido de la tierra. Cuando todos los gigantescos trozos del ovoide tocaban el suelo, se hicieron líquido y un dibujo en la tierra lo succionó.

     Entre el polvo y el liquido negro, en el centro de todo, yacía una criatura igual a él.

II

Sabía que pasaría por este sendero. La planicie es inhóspita y empuja a los vivos fuera. Sabía que lo primero que haría sería buscar una sombra, por lo que se iría hacía las montañas. Antes de las montañas pasaría por los monolitos; donde probablemente descansó. Después se enfrentaría con una muralla de arboles y éste, el único sendero, una ruta obvia y poco amenazadora para una consciencia nueva.

     Ella lo esperaba trepada entre los árboles, escondida. Tenía que verlo con sus propios ojos. Tenía que cerciorase de que en realidad no era él. Y no era él. Lo notó desde el primer momento en que vio su figura caminar con dificultades a lo lejos. Tenía su mismo rostro, su mismo torso, sus mismos cuernos, sus mismas manos, ahora limpias… pero no era él. Lo había hecho. Se fue.

     Ella no había visto cómo sucedió ni sabía porqué. Tan sólo entró a la tiniebla y el refrescante frío de su tzequioa y lo vio. Recuerda perfectamente la imagen. La única fuente de luz era un fuego que ardía en el centro de la vivienda. De ellos sólo veía sus siluetas. Las silueta de él parado sobre el cuerpo, sus manos goteando sangre, respirando fuertemente. Tardó mucho tiempo en darse cuenta que ella lo observaba. Él intentó acercarse a ella como si lo que acababa de hacer tuviera sentido para los dos. Ella lo rechazó con miedo, corrió hacía el cuerpo inerte en el suelo y lo abrazó. Sintió cómo el cuerpo aún estando cerca del fuego se enfriaba. Cuando volvió la mirada él ya no estaba.

     Nadie sabía explicar porqué él había hecho algo así. Ni los ancianos habían oído de algo similar. Cuando vieron el cuerpo muchos se arrodillaron en lágrimas. Todos decían tener un extraño sentimiento recorrerles la sangre desde que sucedió. Pero a ninguno le había ocasionado algo tan extraño como a ella. Por días permaneció en silencio, sin dormir, sin probar bocado. Lo primero que dijo lo dijo sola, a la mitad de la noche “Wun.” La siguiente vez que habló fue para gritarle al grupo que trataba de sacar al cuerpo de la tzeqouia. Tuvieron que regresar a todos los ancianos para que hablaran con ella. Cuando terminaron de hablar ella corrió hacía las montañas.

     Ahora lo veía. Sabía desde que corrió hacia este lugar que no encontraría al mismo que le había causado sentirse así, que se enfrentaría con una consciencia infantil, alguien nuevo. Notaba cómo sus ojos iban descubriendo por primera vez el mundo que lo rodeaba, cómo los olores parecían atraerlo a descubrir que los emite, cómo los sonido lo asustaban, cómo cada árbol que pasaba parecía ser un nuevo universo que descubrir bajo sus ojos. Pero no podía dejar de ver en su rostro al fantasma que alguna vez habito esa carcasa. Sólo pensar en él la hacía perder el control de su músculos, la hacían apretar las ramas de los árboles, su sangre hervía con alboroto… sin darse cuenta corría hacía él. Lo envistió con los cuernos y cuando estaba en el suelo lo golpeó en el pecho con ambas manos sin parar. Antes de que la fiebre la dejara, alcanzó a ver el miedo en sus ojos.

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