Enunciación

Morirás cuando olvides pronunciar tu nombre —se dijo Gustavo aquella mañana frente al espejo. No tenía claro de dónde había prevenido aquel anuncio, pero desde entonces, cada tanto, se ayudaba a reconstruirse enunciando en voz alta su nombre. No obstante, nada pudo evitarle el olvido. Poco a poco los colores de aquellos sonidos fueron deslavándose en él, como tantas otras claves. Cada vez el espejo le decía menos lo que fue, lo que era. Al parecer, la respuesta a lo que sería se encontraba en otra parte. Un día, aquel hombre se miró al espejo una vez más. Momentos después, abandonó en silencio el cuarto de baño, la recámara, la estancia, los pasillos, el recibidor… Tras de sí quedaba la puerta abierta de una casa que desde hace tiempo ya no era suya. Incluso el olvido pareció abandonarlo. Durante años aquel hombre caminó despacio infinidad de calles, habitó tantas casas vacías como mujeres había amado en aquella, su otra existencia. Perduró así muchos años más, lleno de una extraña sensación de cumplimiento. Hasta su muerte, aquel hombre no pronunciaría jamás palabra alguna frente a un espejo.

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