Calaveras y Diablitos

“Sin lugar a dudas son las festividades de muertos la mejor época del año.” Al menos a mi parecer. 

     En esta ocasión, más que nunca vimos calles, plazas, comercios y espacios públicos y privados invadidos por la celebraciones del Día de muertos. Literalmente, millones de personas salieron a la calle a manifestar su clamor. Y es que, además de la acentuada crisis económica y de corrupción en la que nos mantiene el actual gobierno y los sismos de septiembre que despertaron la conciencia de una nación dormida; habrá que sumar la moda internacional del “mexicanismo” (porque MEXICO IS THE SHIT) y la creciente  popularización, comercialización y sincretismo cultural de sus tradiciones.

     La conmemoración de todos los santos nos da identidad, nos enorgullece y representa la cosmovisión mexicana en su máxima expresión; aquí la vida nos agobia pero la muerte nos pela los dientes. Así, el caos gobierna y la alegría explota. El pueblo se desborda y la autoridad y sus instituciones se desvanecen. 

 Los mexicanos celebramos la muerte; no porque no le temamos, no porque no le lloremos, no porque nos burlemos de ella o no la respetemos. Al contrario, la festejamos porque nos recuerda que estamos aquí y que seguimos vivos.

 Como en una historia de terror, del apocalipsis zombi, los muertos resucitan para reclamar y tomar su lugar en el mundo de los vivos. Así pudimos ver el Paseo de la Reforma, El Zócalo, Coyoacán, delegaciones y Pueblos repletos de colorido júbilo; lo mismo con alebrijes gigantes comocon calaveras y diablitos o cráneos esculturales, mega  ofrendas y altares de muertos, panteones adornados con flores, ferias culturales, artesanales y gastronómicas, desfiles, festivales, películas, fiestas temáticas, casas decoradas, niños y adultos disfrazados de catrinas, monstruos o personajes fantásticos pidiendo “jalogüin” o “calaverita”, paseando o tomándose “selfies”.  En esta fiesta todo vale y todos caben, excepto quienes no quieran participar: los amargados, los puristas y los persignados.

 

     Aquí, la espontaneidad, la creatividad, el ingenio y el talento son el único requisito y valen más que la religión, las creencias, las ideologías o el status cultural, social y económico.  Porque en la muerte no hay poder, dinero, ni jerarquías. En la muerte todos somos iguales.  El carnaval de la muerte nos pone en perspectiva. Nos aleja de la solemnidad y la superficialidad de lo cotidiano y por eso nos desbocamos; porque si la vida es un martirio, la muerte es una fiesta.

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