Viejo raboverde

José Antonio Durand

Hubieras querido citarla en el hotel, aunque eso sería ir demasiado aprisa. Esmeraste tu arreglo personal para estar lo mejor presentado ante la veinteañera. Te excediste con la loción, pero el resto resultó impecable.

Quizás, si no fuera tu alumna, jamás hubiera aceptado entrevistarse en el café. Ella bien sabía que era una invitación inscrita en el cortejo y aun así quiso acudir; ¡que se atenga al devaneo!

Llegas al café y ahí está: en la mesa del centro. ¡Increíble, llegaste veinte minutos antes y ella ya esperaba! Hay poca gente en el lugar: unas damas añosas por allá, por acá el trío de un joven y dos adultos (hombre y mujer que podrían ser sus padres), en fin, serán pocos los testigos del proceso que habilitarás para enamorar a la jovencita.

Saludas, sonríe y devuelves su amabilidad. Pides permiso para sentarte ahí, junto a ella. Relatas los dos chistes bobos que habías ensayando como preámbulo de tus intenciones sexuales. Ella, fingiendo notoriamente, ríe. Se observa, al igual que tú, nerviosa. Continúas con cuatro o cinco preguntas sobre la universidad que comparten si bien en roles distintos y complementarios. Responde con monosílabos.

Atacas directamente: tomas su mano, ella la retira. Insistes y ahora presionas más para impedir que evada.

De pronto, el trío que estaba en la mesa vecina se aproxima a donde están ustedes. Se plantan a espaldas de tu alumna sin que ella los vea. El señor sujeta por el cuello a la chica y ella ni siquiera voltea para mirar quién lo hizo. Sueltas su mano. Ella, mirándote a los ojos, dice: “Maestro, le presento a mis papás y a mi hermano. Quieren hablar con usted, yo me despido… buenas tardes y con permiso”. Se levanta y sale del lugar.

Sientes una terrible vergüenza mezclada con sensación de miedo. Su madre abre fuego: “¡Cómo se atreve, cochino, a acariciar la mano de mi hija, viejo infeliz!”, espeta, mientras asumes el verdadero rostro de tu provecta edad. El señor interviene pidiendo calma. El joven, dijo que si vuelves a molestar a su hermana va “a partirte la madre en el mismo salón donde impartes cátedra”. El padre señala que irán ante el rector a denunciar tu conducta y solicitar cambio de grupo para su hija.

Sientes que te falta aire, sudas copiosamente y el tinte del cabello, en hilillos negros, resbala mezclado con sudor; tiemblan tus piernas, se te quebró la voz cuando casi inaudible dijiste: “perdón, perdón, cometí un error, no volverá a suceder…”, te zumban los oídos, la taquicardia aumenta, parece que sobrevendrá desmayo, ¿estarás infartándote?

Ante el acoso, además del miedo y la vergüenza experimentas humillación sintiendo una profunda soledad, y acude a tu memoria lo dicho por Rosario Castellanos: “El hombre es un animal de soledades”.

 

Be the first to comment

Leave a Reply

Your email address will not be published.


*