La voz del viento

Merari Fierro

El pasado 4 de febrero tuvo lugar la Feria de libro y música independiente en el Foro de Tepito. Fue coordinada por Fausto Gallardo junto con el Diván de los juglares, la Red de espacios culturales de Tepito y Casa Barrio Tepito. Asistieron varias editoriales alternativas las cuales exhibieron desde libros de autor, hasta folletos, pintura e incluso artesanía y joyería. La exhibición estuvo acompañada por la lectura de poetas, cuentistas y cuenta cuentos, así como la música de diversos canta autores. Entre lo más destacado estuvo la puesta en escena de la Agrupación Teatral Utopía Urbana, con La voz del viento.

La obra fue protagonizada por Roberto Vázquez Montoya y Janis Alastrite. Su acto comenzó mucho antes de convocar a la primera llamada. Roberto y Janis conv

irtieron su mesa de exhibición con libretas, calcomanías y postales, en el camerino donde poco a poco fueron transformándose. A plena luz se cambiaron de ropa, cubrieron sus rostros y cabello, y lo que parecían unos cuantos trozos de madera se volvieron una carreta de utilería, de máscaras y símbolos. Al fin el público guardó silencio y el acto dio inicio.

Lo que en un principio tenía trazas de ser un espectáculo divertido, se fue permeando, como la vida misma, en el drama de lo cotidiano. Los dos únicos actores personificaron al gendarme, a la niñera, la madre, el asesino, la joven. El juego de máscaras nos condujo de lleno a revivir lo que tanto desearíamos obviar: la gente desaparece frente a nuestra mirada impávida, y parece que no hay forma de detener las ruedas de los múltiples sistemas con los que convivimos. Presenciamos pues, un acto político en su totalidad: aquel que nos muestra que las acciones u omisiones de quienes nos gobiernan inciden en nuestra vida privada, y atacan directamente a nuestra integridad como individuos.

Esta obra pone de manifiesto la impotencia de saber que no importa cuánto nos duela que nuestra gente,nuestras amigas, hijas, hermanas, madres, desaparezcan, no hay nada qué hacer más que recoger nuestros trapos viejos y seguir adelante. Y al mismo tiempo, el poder decir esto mismo, a boca de jarro, el ser capaces de mostrar y presenciar la impunidad tal cual es, en lo cotidiano, convierte este acto en una protesta clara y directa, en un acto de rebeldía.

Al final, las máscaras guardaron sus expresiones, los actores se quitaron los disfraces, la carreta fue desmantelada, y el camerino, paso a paso, retomó su lugar de mesa de exhibición, con sus libros, sus grabados y su voz silenciosa.

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