La llama azul No. 10

Identidad y empatía en la época de la imagen: De Kundera a Facebook

Carla Alejandra González de Pedro //

En su libro ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, Philip K. Dick afirma que lo único que distingue a los humanos de los androides es el sentimiento de empatía, empatía generada por una máquina creada por un tal Mercer que, en el libro, es una deidad. Empatía significa entender los sentimientos del otro, sentirte mal por el dolor ajeno, experimentar alegría porque el otro es feliz. Me pregunto si la empatía es un sentimiento realmente humano. El hombre, como fin en sí mismo, en un mundo de pocas oportunidades, de recursos limitados y mal distribuidos, ¿siente realmente empatía?

En el libro de Milan Kundera La inmortalidad encontramos a Agnes, una mujer que se siente desde hace tiempo exiliada de la humanidad, es decir, no se siente parte de una misma masa uniforme que camina hacia el progreso toda junta generando una historia, no se siente feliz por sus logros compartidos ni va unida a ellos en una carrera hacia el futuro, le da igual si ganan o pierden, si se conducen todos a la autoconstrucción o al precipicio.

Pero Agnes siente empatía hacia los limosneros, no por su amor a la humanidad, como hemos visto, sino porque para ella los limosneros, no son parte de la humanidad, sino que han sido exiliados, como ella. Esto es empatía: identificación con el otro. Me pregunto ahora por la empatía opuesta a la de Agnes. Por la de aquel que se siente identificado con la humanidad, que celebra sus triunfos y llora sus fracasos.

Seguramente si un científico encontrara la cura contra el sida mucha gente se sentiría feliz; no obstante, creo que la alegría de los mexicanos sería mayor si la selección nacional de futbol ganara el mundial. ¿Por qué esta alegría es mayor? ¿Será porque poca gente tiene un pariente o un amigo enfermo de sida y, sin embargo, son muchos los que practican futbol? Sin embargo, me parece que la razón está en otra parte: el futbol es un mayor espectáculo. Que sea un espectáculo no significa que carezca de empatía, la gente que grita de alegría frente al ángel está unida en una felicidad tal que puede emocionar incluso a aquél a quien no le gusta el futbol. ¿Significa entonces que el ser humano es más empático hoy en día con el showbussines que con la humanidad en sí?

Claro que la humanidad no existe como tal sino como lo que se nos muestra de la misma. Yo no puedo sentirme mal por un niño herido en la guerra, porque yo no lo veo; en el momento que un fotógrafo toma la foto del niño y ésta aparece en la primera página del periódico es entonces cuando surge la empatía.

Actualmente, la imagen determina la ideología, o como diría Kundera domina la imagenología. Los imagólogos crean sistemas de ideales y anti-ideales, sistemas que tienen corta duración y cada uno de los cuales es rápidamente remplazado por otro sistema, pero que influyen en nuestro comportamiento, nuestras opiniones políticas y preferencias estéticas, en el color de las alfombras y los libros que elegimos, tan poderosamente como en otros tiempos eran capaces de dominarnos los sistemas de los ideólogos.1

En La inmortalidad, Kundera contrasta dos manera de ver la realidad. Habla de una mujer de principios del s. XX que tiene control sobre la realidad que la rodea: sabe todo lo que pasa en su pueblo, sabe cuánta gente muere y nace, etcétera; en contraste, habla de un francés que vive en una calle determinada de Paris y que no conoce a sus vecinos ni tiene idea de lo que sucede en su vecindario. De regreso del trabajo escucha en la radio que París ha sido nombrada la ciudad más segura del mundo, compra una botella de champagne y celebra por esto. Él no sabrá jamás que esa noche se han cometido tres crímenes en su propia calle: su realidad es determinada por los medios.

Si de pronto el SIDA fuera convertido en espectáculo, como en su momento lo fue la epidemia de la influenza, y si la ciencia llegara a descubrir la curación, los mexicanos se sentirían tan felices como si hubieran ganado la Copa del Mundo, a pesar de no tener un pariente con SIDA. Del mismo modo que todos se preocupaban por la influenza, pese a que nadie vio nunca un caso. No deseo poner en duda la existencia de la enfermedad sino mostrar que la realidad que los medios manejan no es nunca la realidad del propio entorno.

Tal vez París sí sea la ciudad m‡s segura del mundo, tomando en cuenta que está siendo comparada con Nueva York, Río de Janeiro, Bangkok, etcétera; pero eso no determina que el francés del ejemplo no está expuesto en su propia calle a ser asesinado. George Bernard Shaw dijo que “La estadística es una ciencia que demuestra que si mi vecino tiene dos coches y yo ninguno, los dos tenemos uno”. La realidad, pues, está cada día menos determinada por el entorno; así también, la empatía está más determinada por la realidad que los medios nos venden.

Realmente después de terminado el espectáculo a nadie le importa. Como dice Baudrillard: “Acudimos a ellos (a los países que sufren) que encuentran en la desilusión radical de lo real una especie de valor supletorio, el de sobrevivir a lo que no tiene sentido, para convencerles de la “realidad” de su sufrimiento, culturalizándolo evidentemente, teatralizándolo para que pueda servir de referencia en el teatro de los valores occidentales, de los que la solidaridad forma parte”.2

 

1 Kundera, Milan. La inmortalidad. Tusquets, 2009, MŽxico DF. p.143.

2 Baudrillard, Jean. El crimen perfecto. Anagrama, 2013, Barcelona. P.181.

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