Dios de la lluvia

M. Eloísa Caro Durán

 

El Conjunto Arqueológico de Chichen Itza es uno de los mejores exponentes de la Cultura Maya.

 

Itzayana jugaba entre las casas del poblado sin dejar de tocar su ocarina, aquella que recibió de sus abuelos y estos de los suyos, aquella de la que nunca se separaba y de la que formaba parte. Solo ella conseguía que la pequeña figurilla de arcilla emitiese un sonido exclusivo, peculiar. Todos reconocían y admiraban sus melodías.

La pequeña se divertía, ajena a los problemas del poblado; una prolongada y dañina sequía impedía que el maíz, su principal sustento creciese.

La situación llegó a ser tan preocupante que únicamente les quedaba recurrir cuanto antes al dios de la lluvia.

Los sacerdotes engalanaron el templo y organizaron los preparativos para la ceremonia.

Al día siguiente de anunciar los actos, muy temprano, el padre de Itzayana vio como bajaban por la calle principal los guardias del templo. Enseguida comprendió lo que ocurría, sin duda la habían elegido a ella. Nahil corrió hasta donde dormía su hija y le indicó que se escondiera muy lejos, entre la arboleda más espesa, donde nadie pudiera encontrarla. Ni siquiera el dios de la lluvia podría arrebatarle a su hija.

Los guardias del sacerdote exigieron a Nahil que les entregase a Itzayana, cuyo nombre significaba regalo de dios, ella sería la ofrenda para contentar a Chaac.

Nahil sabía muy bien las consecuencias de aquella negativa pero la vida de su hija no terminaría así.

Los sacerdotes decidieron que ya no había tiempo, la ceremonia comenzaría sin Itzayana.

Todo el poblado congregado en la explanada sagrada, siguió con la mirada al joven guerrero con nariz aguileña y ojos almendrados que subía con decisión la escalinata de la pirámide, desde el primer peldaño donde las dos colosales cabezas de serpiente emplumada que representaban al dios Kukulcán le daban la bienvenida.

En la cúspide le aguardaba el sacerdote ataviado con sus galas ceremoniales de alegres colores bordadas con gemas preciosas, su gran tocado de plumas vistosas, un pesado collar y el cinturón con incrustaciones de jade.

Ambos entraron en el templo. Fueron directamente a la cámara de los sacrificios. Sobre el disco de turquesa, en el lomo del jaguar rojo el sacerdote quemó el copal y a su vez el guerrero bebió de una copa el pertinente alucinógeno que enseguida lo aturdió.

Sin dudarlo, el guerrero cogió un punzón y se pinchó en el labio, el sacerdote recogió su sangre en un recipiente azul intenso.

Después pasaron por la sala de las ofrendas y vertieron la sangre en el altar del Chac Mool para entregarla a los dioses.

Los hombres y mujeres del poblado que danzaban alrededor de la pirámide se detuvieron al ver salir a los dos hombres del templo. Los participantes en el juego sagrado de la pelota también lo hicieron y todos al unísono gritaron entusiasmados mientras el sacerdote y el guerrero descendían por la escalinata.

No obstante, el dios de la lluvia reclamaba su ofrenda particular.

Los sacerdotes y las autoridades locales engalanados con lujosos atuendos, encabezaron la procesión hacia el cenote sagrado.

Invocaron al dios de la lluvia con solemnes cánticos hasta que sus gargantas se apagaron. Todo parecía poco para contentar a su dios.

Desde el pedestal, un acaudalado comerciante arrojó al portal del inframundo, un valioso collar de oro; la oscuridad del agua lo atrapó para siempre.

El sacerdote puso fin a la ceremonia con singulares letanías que cerraban el acto.

Todos debían regresar a sus casas y esperar allí hasta que la lluvia llegase.

Cuando el sol comenzó a ocultarse y las sombras tapaban la claridad del día Itzayana se acercó hasta el borde del pozo sagrado, miró al fondo y después de unos instantes, arrojó su apreciada ocarina, el diminuto ruiseñor de arcilla y su sonido especial ya sólo serían para Chaac, el dios de la lluvia.

 

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