Conservar la ausencia …

Miguel Ángel Aguilar Huerta

 

 

Tiene un perfil afilado, moreno, placido, sonríe mientras maneja su Chevy bajo una cascada de palabras y aves volando o flores de colores en sus manos; afuera hace frío pero eso no importa porque en ese microcosmos que es su auto, los dos son una historia, tal vez inacabada, tal vez no empezada, o finalizada sin empezar, o fingida, o virtual; ¡eso es! una historia que reúne la condición y características de ser real, pero que no puede serlo porque no ocurrió u ocurrió parcialmente o sólo está ocurriendo en este momento en que se transcribe mucho tiempo después de lo acontecido…

-Mire mi amigo yo puedo ayudarlo, pero le va costar una lana, no gran cosa, usted la puede pagar, créame el trabajo está garantizado, sólo tiene que decidirse, parecerá un accidente, nadie sabrá quien fue ni cómo ocurrió, pasa todos los días, por otro lado la ganancia para usted será enorme, bueno y para nosotros, por supuesto. ¿Lo ve? ¡todos salimos ganando!

¿Cuándo empezó todo? No hay fecha exacta o si la hay está escrita en un papel arrugado en algún resquicio de ese archivo viejo que es la memoria; fue el primer día o el segundo o los subsecuentes instantes insertados en esos días, semanas o meses. A veces la delgada línea del tiempo es traspasada, borrada, tergiversada por una mujer o un hombre en un momento y hora determinados, eso le da sentido a la vida, entonces sucede que, a veces, se intenta reescribir una historia ya terminada pero no, no puede ser así, no puede reescribirse el momento porque no se puede recrear la realidad pero ¿y si Carlos Fuentes tenía razón? y si la realidad se crea con instantes, situaciones y olores que no existieron y sólo la literatura, sobrevive y es testimonio histórico de un momento determinado… y eso, la historia escrita, vida en papel, es la verdadera vida, no en la realidad, en esa realidad que ahora sólo es congoja… Y de pronto, se despierta de un sueño, pero, ¿era un sueño?…y el olor a sangre en la boca y la mirada se vuelve borrosa, entonces, sólo se perciben los últimos instantes de luz, de esa luz de ámbar agonizando entre el ruido de los claxons…

-¿Qué dice mi jefe, se anima? Usted sólo tiene que autorizarnos y nosotros hacemos todo, ¡ándele que le cuesta! bueno aparte de unos cuantos miles… – A ver a ver , ¿en caso de que me animara cómo sería la cosa y me garantizan que nadie sabrá lo que pasó? – Por supuesto, no es la primera vez que lo hacemos, lo que es importante es que no haya remordimientos de su parte, porque si usted raja, pues, no sería muy bueno eso y nosotros no cargaríamos con culpa alguna y usted si, ¿comprendió jefe?…

Y vuelve la mirada a mirar, sus manos son pequeñas, finas ¿cálidas? Agarran con firmeza el volante, sonríe y el paisaje árido envuelto en polvo y humo de fabricas cobra importancia cuando ella lo describe… Entonces del fondo de las entrañas emerge la duda ¿será el momento oportuno de rehacer esa historia y cambiar la ya escrita? ¿se podrá hacer eso? ¿Tendrá razón Fuentes y tal vez sólo es necesario unir esos instantes olores y situaciones para crear una historia muy alejada de la personal, crear una historia ficticia y por tanto perfecta? Hacer a un lado a la incertidumbre que se siempre se impone para evitar que cubra con su pesada capa el instante, porque a veces es mejor esperar entre las sombras, buscar el instante preciso, el signo oportuno; como aquella vez que se vio la silueta de la muerte pasar entre la gente en el Metro antes del suicidio de alguien, o la parvada de golondrinas antes del terremoto del 85, esperar la clave, dejar que todo termine como siempre, mientras tanto es necesario disfrutar el paisaje, disfrutar el paisaje…

-¡Está bien! ¡háganlo! aquí están cinco mil ahorita y cinco mil al terminar el trabajo, ¿como sabré que todo está hecho, ustedes me avisan por mi celular, o qué? –No se preocupe nosotros nos comunicamos con usted, después de que el trabajo esté hecho, recuerde que tiene que estar con Mayra todo el tiempo y hacer lo que ella le diga, es importante eso… Ahí nos repartiremos todo y usted saldrá ganando con la muerte de su colega y el porcentaje de lo que se obtenga ¿ok?…

 Al llegar al lugar resulta imposible dejar de sentir inquietud por su cercanía, su olor a durazno, su… ¡no, no, no! Es necesario regresar al presente, porque eso sólo es un sueño provocado por esa loca necesidad de… ¿evadir la realidad tan terrible que hay afuera? ¿el infierno en que alma se encuentra a veces? ¿la soledad? ¿Quién sabe? se debe tomar un respiro, mira el cielo, sentir el aroma fresco de la hierbabuena que crece bajo ese árbol enorme desde donde una tórtola observa con curiosidad.. Y de pronto sus palabras vuelven a recrear el lugar, ya no es árido, se torna mágico, de colores cálidos y aromas frescos, como su piel, como el viento que se enreda en su largo cabello negro…

 Llega a la esquina de la avenida un vehículo negro, sin placas. Sus dos ocupantes observan la calle solitaria, saben que en una hora cruzará el sujeto con las joyas, las traerá en una mochila negra como las de los estudiantes – así les había dicho el sujeto que los contrató – la única característica de la mochila era el filito verde en sus costados y una estrella grande de latón en el cierre principal…

Llega a la tienda de sortilegios, entra, está nervioso, en el fondo Mayra lo observa, hay otros esperando pero a una señal de ella, él se acerca y se sienta frente a ella… – es necesario que se relaje, todo sucederá muy rápido, no se preocupe los muchachos conocen su oficio, le dice mientras reparte las barajas, además si usted dice la verdad y las alhajas son de buena calidad todos podremos irnos muy lejos a disfrutar de la vida…

La tarde se oculta en la noche, y la razón del viaje, el trabajo gráfico, está hecho ocho horas después, no quedó perfecto pero sí decente, y de pronto la risa ilumina su rostro afilado, perfecto, sereno; y de nuevo el regreso al pequeño cosmos del vehículo, y de nuevo el instante que parece propicio para que las epifanías se manifiesten y suceda lo inesperado como un camino equivocado por donde no se puede regresa o verla nerviosa, titubeante por primera vez, o llegar a una curva donde sobresalen cuatro enormes construcciones, restos de una casa muy grande, a la distancia parecen parte de una ciudad europea después de la Segunda Guerra Mundial o quizá más atrás en el origen del cosmos; el campo de batalla donde se desarrolló la Titanomaquia esa batalla de Titanes contra Olímpicos… mientras tanto la preocupación permea en hilitos de sudor su rostro, recibe una llamada a su teléfono celular y contesta que está perdida que luego llama… da la vuelta, y después del ritual exasperante de conducir en círculos en una intersección a una pregunta expresa a un policía éste da las indicaciones precisas y, entonces, de nuevo el camino conocido aparece y con él el regreso a la incertidumbre de la vida real, al no sé si es el momento oportuno, galleta de la fortuna entre los dedos u optar por seguir sumergido en esa oscura noche en la avenida y los autos y rostros desconocidos, salir del Chevy con una calma que no coincide con el interior lleno de ansiedad, despedirse con un beso en la mejilla y un “nos vemos” evitando su mirada y caminar con paso seguro…

 El Chevy se acerca, se baja el individuo con la mochila, parece más alto, pero no importa mientras más alto mejor caen –piensan ellos–. La estrellita de latón cuelga de la mochila, se acercan ellos despreocupadamente, él no sospecha parece ensimismado o tal vez piensa que nada le puede suceder o que si sucede ya no importa porque el instante se perdió y mañana sólo es una simulación de la eternidad… entonces todo se alinea, cada pieza de esa maquinaria que hace girar la rueda de la vida y la muerte se detiene. Torbellino de imágenes y sensaciones, ocres borrosos bajo las luces de alógeno, dos figuras salidas de Francis Bacon golpean sus costados…

 Como un destello que penetrara la noche, transcurre esa película con fondo Satié y luna Méliès y dos tipos salidos de cosecha roja de Dashiell Hammett se acercan y arrebatan el bolso lleno de crayones conté y pinceles y poemas y un dibujo de ella , de… no, no se puede decir su nombre, porque también se lo robarían, entonces, al cerrar los ojos se aclara todo, era tan simple y no fue un sueño, ni ella está aquí conduciendo un Chevy negro con esa sonrisa blanca, como la luna o el mango de concha nácar de esa navaja que entra en el vientre de izquierda a derecha y de derecha a izquierda… Entonces, volver a la realidad, despertar del sueño es imposible, ya no se puede distinguir lo que sucedió y lo que sucede en ese instante eterno…

A lo lejos dos pares de tenis huyen por la avenida despertando sobresalto entre la gente…

 

 

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